Casandro se levanta temprano, por fin llega el día cuando se va a ver con la china Dulce, se afeita y se pone una camisilla blanca cuello v, con unos jeans tubitos. En una funda de supermercado entra una revista GQ, una camisa, una toalla pequeña y otra camisilla. Se dirigió a primera hora al semáforo a comprar una rosa y unos clorets. Tomó un carrito publico y se bajó en una esquina, donde caminó 4 cuadras. Cuando llegó a la plaza, fue directo al baño, donde se secó el sudor de la espalda y la cara, se cambió la camisilla, se puso la camisa guardada y abrió la revista en una página donde había una muestra de perfume, se estregó la pagina por la cara y el cuello, botó la funda con la camisilla y la toalla y se fue al lugar de encuentro.
Estaba muy nervioso, ansioso de encontrarse con la china, de verse cara a cara. Casandro, sumamente emocionado, se reía solo. Agarraba con su mano derecha la rosa roja, muy firme. Cada 30 segundos veía el reloj, cuyas agujas caminaban mas lento que de costumbre. Eran las 10:00 de la mañana de un tranquilo domingo en la capital dominicana. Él, esperaba sentado en el área de la comida de la plaza, donde sólo habían abierto un par de establecimientos. La china Dulce, como venía de La Romana, tuvo unos percances en el camino, por lo que llegó un poco más tarde de lo pautado, dos horas más tarde, lo suficiente para impacientar tanto a Casandro hasta el punto que pensó que lo había dejado plantado. Casandro comenzaba con unas extrañas alucinaciones, creía ver a Dulce en la cara de todas las mujeres que paseaban por la plaza, les decía –Hola mi amor- y hasta le dio un beso a la vieja de la limpieza, por lo que recibió un par escobazos.
La china, con desesperación y prisa, llegó al lugar de encuentro, pero solo encontró encima de una de las mesas, pétalos de rosas y un tallo partido en dos en el piso.
Suspiró.
Se le salió una lágrima, comenzó a temblar y dijo en voz baja, casi murmurando –Por favor Dios, otra vez no, quiero volver a ser feliz y es sólo con él-, se sentó triste en la mesa y comenzó a jugar con los pétalos, llevándolos de un lado al otro de la mesa con una sola mano.
-Excúseme señorita- le dice por detrás una voz muy varonil y con tono de seguridad –Creo que esto es suyo-, al voltearse Dulce, ve a Casandro con un ramo de rosas, una caja de bombones y una camiseta que decía “Yo amo la china, yo amo el dulce, Yo amo a la china Dulce”. La china Dulce brincó de la silla y abrazó a Casandro. Él la tomó de la mano, le declaró su amor puro y eterno, además de felicidad para toda la vida. Ella le respondió con un beso de película y una cara de alegría, se reía tanto que no se le veían los ojitos. Se agarraron las manos y no se volvieron a soltar durante todo el día. Fue el mejor domingo en la vida de Casandro, más especial de cómo lo había planeado. Comieron juntos, ella le daba de su comida y se la ponía en la boca, como si estuviera dándole compota a un bebé, fueron al cine donde la gente los confundía con siameses y después a tomar unos capuchinos frozen y galletas de avena.
Luego de una especial velada, Dulce dejó a Casandro en la puerta de su casa, (ella era la que andaba montada) y le dio un beso de despedida delante de todos los tigueres del barrio, quienes le hicieron una bulla y mandaron a comprar una caja de cerveza para celebrar.
Al llegar a su casa, con un jumo que se dio con los tigueres donde Figueroa, le contó todo a su mamá y le escribió una carta a Dulce, tan romántica que ni el mismo San Valentín se lo hubiera imaginado. Esa noche no pudo dormir de la felicidad. Por eso se desveló y a las seis de la mañana estaba listo para ir a trabajar.
Cuando llegó al trabajo fue como deja vu, otra vez la ferretería estaba llena de pintura, ahora de todos los colores imaginables, los vidrios de la camioneta de entrega de pedidos urgentes, rotos, con las gomas pinchadas y una carta firmada por los espíritus chocarreros. Cuando El Yofre vio esto quedó atónito, con la boca abierta y un pique más grande que los de Peña Gómez. Casandro que sabía lo que había con los espíritus, le contó todo a su jefe, también le dijo que iba a pagar los daños causados, pero El Yofre se negó y le dijo que olvidara el asunto, que él mismo se iba a encargar de resolver todo. También le dijo que se despidiera de Jhonaika, que no la iba a volver a ver en mucho tiempo, porque con El Yofre Abigail Reyes de los Santos y Cepeda, nadie se mete.
En ese momento, se fue la luz de la ferretería, algo normal en el barrio. Pasados unos minutos, El Yofre preguntó que por qué no habían encendido la plata eléctrica, fue en ese momento cuando uno de los empleados va a la oficina y le dice que se han robado la planta y que dejaron una nota que decía –Casandro, nos vamos a encargar de que la oscuridad te acompañe hoy, mañana y siempre, bienvenido al mundo de las tinieblas- firmada por los espíritus chocarreros. El Yofre explotó, y dijo -¡Ya no más, esto hay que solucionarlo ahora mismo! Hizo unas llamadas y se sentó alterado en su escritorio, donde miraba la calle por la ventana y se echaba fresco con un fólder. Casandro salió de la oficina como alma que lleva el demonio y tomó su teléfono.
Una vez en la calle, llamó a Jhonaika y le dijo que ya él lo sabía todo, lo de su tía la bruja, los espíritus chocarreros y su plan de humillación, que si no dejaba sus malas prácticas entonces tendría que actuar por sus propios medios. Jhonaika, que no le tenía miedo, le dijo que ahora es que ella estaba empezando, que se preparara, porque lo que viene es candela, a lo que él le contestó que era la ultima vez que hablaban y que ya la había advertido. Lo que Casandro no sabía es que ya había un complot planeado en contra de Jhonaika y su tía.
Luego de salir del trabajo, Casandro fue a la casa de la china Dulce, su nueva y flamante novia, donde conoció a los padres y hermanos de la china, quienes lo trataron como a uno más de la familia. (¡Oh Casandro como cambia la suerte!). La familia china estaba feliz, Casandro era un poco de color entre tanta hepatitis. Luego de una deliciosa cena se sentaron solos en la sala de la casa, donde degustaron de un delicioso pastel de queso con doble ración de fresas. Casandro le habló a Dulce de planes para el futuro, pero la china no está convencida del todo. Ella le dijo que cojieran las cosas despacio para ver como se va desarrollando todo, también le dijo que el futuro podía traerle muchas sorpresas y que debían estar preparados para cualquier cosa, Casandro le dijo que iba a hacer las cosas como ella decía, aunque no era lo que él quería. Ella le dijo que lo amaba y que nunca, nunca se iba a separar de él, no importa lo que pasara, siempre iban a estar juntos. Él también le juró amor eterno.
Ella esperó que sus padres se fueran a dormir y que sus hermanos se fueran para la calle, se le acercó, le lamió la oreja, lo tomó de la mano y lo invitó al placer oriental. Subieron las escaleras, ella desvistiéndose y entraron a la habitación de la china, donde hicieron el amor por primera vez, tratando de no hacer mucho ruido para no levantar a los padres. Lo disfrutaron como adolescentes que comienzan a conocer sus cuerpos. Luego lo hicieron por segunda y tercera. Casandro era todo un semental, gracias a una pastillita (por cierto china) que le había regalado El Yofre para situaciones de extra innings.
Al terminar su maratón sexual, bajaron las escaleras con mucho cuidado, sin hacer ruido. De repente se encendieron las luces de la sala, y como por arte de magia aparecieron los padres de Dulce, un silencio incomodo se apoderó del lugar. Los padres hicieron una algarabía y abrazaron a Casandro, diciéndole que ahora si era miembro oficial de la familia. Estuvieron un rato más, conversando todos en la sala, comiendo galletas de la suerte y refresco de coco. Final feliz para la noche, otra espectacular, en su nueva vida de amor infinito.
