domingo, 13 de septiembre de 2009

Casandro y la Recuperación del Poder Perdido

Casandro canceló la línea de teléfono que tenía para su celular por orden de Felucia y sacó una nueva, donde solamente tenían su nuevo numero ella, El Yofre y su mamá, una llamada de cualquier otra persona iba a ser motivo para más guerras entre Felucia y Casandro. El no estaba de ánimos para más pleitos. Así pasaron 4 semanas, sin saber nada de Dulce, mucho menos de Kike o Rodrigo, que le habían sacado los pies a Casandro definitivamente o más bien habían tomado su rumbo.

En la ferretería había un ambiente de tensión, Felucia y Don Cucuso controlaban todo, él en la mañana, y Felucia en la tarde cuando salía de la escuela. Se le habían montado encima al pobre Casandro. Don Cucuso, en represalia por lo de las supuestas “andanzas” de Casandro con otras mujeres, ya venía haciéndole la vida imposible a Casandro y a menudo permitía que clientes se fueran a otro lugar o le vendía cosas por la izquierda, para él ganarse sus chelitos. Su único objetivo era desalentar a Casandro, para que abandonara el puesto, un cargo que solo lo tenía de nombre. Casandro se daba cuenta de todo, pero no podía hacer nada, no ahora con Felucia gobernando su palacio. Casandro veía como otra vez la vida se le iba de las manos, justo cuando creía tener el control de la situación, siempre pasaba algo raro. Casando hablaba con El Yofre, pero este solo le pedía que tuviera paciencia y que tratara de enderezar las cosas por su propia cuenta, porque desde la cárcel no podía hacer nada.

En su casa, tampoco estaban las cosas del todo bien, la madre de Casandro, todavía le reprochaba por las cosas pasadas y también estaba dolida porque él no había llevado a Felucia a la casa para conocer a su yerna.

Casandro no quería llegar ningún día a la ferretería, las cosas estaban peor desde su óptica, los empleados le habían perdido el respeto y lo veían como uno más del negocio, además ahora recibía ordenes de Don Cucuso, quien lo humillaba en frente de los demás. Todo esto hasta un día. El punto de ebullición llegó en el momento que Don Cucuso le dijo a Casandro que gracias a Felucia y sus debilidades como hombre, en esa ferretería mandaba él, que hacía mucho tiempo estaba esperando esa oportunidad. Lo insultó diciéndole que él había sido el jefe más “mamita” que había pasado por ahí, inteligente pero sin cojones. Le dijo que desde que el patrón El Yofre fue encarcelado, había planeado como quedarse con todo y por suerte ya era una realidad.

Casandro, que todavía tenia un poco de orgullo y dignidad (en realidad el jefe seguía siendo él, aunque mano floja) levantó a Don Cucuso del escritorio y le dijo con tono agitado y de furia ¡Don Cucuso, es la ultima vez que usted se expresa así de mí, de ahora en adelante conocerá el verdadero Casandro, usted está botado y eso es así porque lo he dicho!

Don Cucuso sorprendido y nervioso, le dijo que no podía hacer eso, porque allá mandaba su hija, a lo que Casandro le respondió ¡Ella también está botada, tanto como novia, como wanabe de gerente! Recoja sus cosas y bye bye, arrivederci, sayonara, adieu, au revoir y por si no entiende adios, vayase pal carajo, usted, su hija, sus nietos, bisnietos, el perro de su casa y hasta la loca de su mujer.

Lágrimas, esa era la expresión mojada del alma de Don Cucuso.

Catorce años en esa ferretería, desde que la fundó su primer dueño, sobreviviendo a los huracanes George e Hipólito, pasando por la compra de El Yofre a la gerencia de Casandro, catorce años tenía Don Cucuso, esperando la oportunidad que solo brevemente llegó, de ser el que más mea, el jefe de los jefes, el supremo ser de los mandamientos ferreteros de Las Caobas. En un abrir y cerrar de ojos, todo se esfumó. Don Cucuso estaba desempleado, libre para hacer lo que quisiera, menos pisar esa ferretería.

Se fue a su casa cabizbajo, sin ilusiones y lleno de tristeza, con la mirada tierna, con el hocico partido y el rabo entre las piernas.

Cuando Felucia se enteró de esto le cayó como una bomba, Hiroshima le quedaba chiquito. Llamó a Casandro y le dijo que se iba a arrepentir, a lo que este le dijo -mire niñata váyase a atender al viejo de su padre, que muy cagado debe de estar y a mi no me llame más, ¡carechimba!-. Y le cerró el teléfono.

En realidad a Casandro le costó mucho romper con Felucia, ya le había tomado cariño a la enana esa, pero el espectáculo debe continuar. En cuanto a la ferretería, ese era un problema mayor, tenía que levantarla, resucitarla de las cenizas que la habían dejado Don Cucuso y Felucia, quienes en solo un mes, hicieron de esta de la mejor y más respetada, a un lugar donde hasta preservativos y películas XXX pirateadas vendían. Definitivamente había perdido la credibilidad de negocio serio en el barrio.

En un país donde la mejor publicidad es el boca a boca, ni los narcodólares de El Yofre eran suficientes para atraer nuevamente a los clientes al perdidos.

Felucia le mandaba todos los días a Casandro un morenomático a la hora del cierre de la ferretería, quien solo se le acercaba y le decía, -mira chamaco, lo que le hiciste a Felucia la vas a pagar, te voy a eplotá a patá y trompá-, pero nunca le ponía ni un dedo encima, era más bien una presión psicológica. Entre Felucia, el morenomático, la debacle de la ferretería, el abandono de sus amigos y los boches de su madre, Casandro se estaba poniendo como loco.

Casandro no podía dormir, ningún día era feliz. Los problemas se multiplicaban más, la ferretería iba de mal a peor debido al poco tiempo que le dedicaba. Se sentía desesperado otra vez. Quería ser feliz, pero siempre sucedía algo que le arrebataba su sonrisa. Eso sí, ya tenía otra vez el poder del negocio y a Jhonaica y Felucia fuera de circulación. Ahora todo apuntaba a que debía de arreglar las cosas con la china y a reencontrar la felicidad.

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